10 abril, 2013

Liderazgo y Ansiedad de Combate

Este artículo ha sido extraído de mi libro “Liderazgo y Ansiedad de Combate” publicado por la Escuela Superior de Guerra del Ejército Argentino.

“Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: ‘¡Ah, el horror! ¡El horror!’”.
Joseph Conrad El corazón de las tinieblas

“El valor es que uno sea el único que sepa que tiene miedo.”
Franklyn P. Jones

“El coraje es dominar el miedo un minuto más.”
General Gerge S. Patton, Jr.

“Un héroe no es más bravo que un hombre común, sólo es bravo cinco minutos más que los demás.”
Ralph Waldo Emerson

“El peligro es parte de la fricción de la guerra. Sin una concepción adecuada del peligro no podemos entender a la guerra.”
Kart von Claudewitz

“El hombre teme las consecuencias del peligro más que al peligro.”
Mariscal Comte de Maurice Saxe

Los primeros estudios sobre la ansiedad de combate se desarrollaron a partir de la I Guerra Mundial. Las expresiones empleadas entonces para denominar este trastorno vinculado con el estrés fueron “neurosis de guerra” y “shell-shock”. Más tarde, con el desarrollo de la II Guerra Mundial, el mismo cuadro fue descripto bajo el nombre de “fatiga de batalla” (battle fatigue) o “fatiga de combate” (combat fatigue).

Los síntomas más característicos consisten en la suspensión de la habilidad para el juicio intelectual y en un estado de bloqueo emocional (Sargant, 1997), acompañados —por lo general— de otras manifestaciones tales como:

♣ abuso de sustancias adictivas como el alcohol y las drogas;
♣ alucinaciones;
♣ ansiedad;
♣ apatía;
♣ ceguera, mudez o sordera histéricas;
♣ desinterés;
♣ deterioro de los mecanismos de autocontrol;
♣ disminución de la confianza en sí mismo;
♣ espasmos epilépticos;
♣ incapacidad para comprender los problemas o planteos más sencillos;
♣ incomodidad física;
♣ inestabilidad emocional;
♣ insomnio;
♣ llanto incontrolable;
♣ parálisis;
♣ pensamientos dolorosos obsesivos;
♣ pérdida de la memoria;
♣ pesadillas;
♣ temblores;
♣ temores.

En el caso de los líderes, los primeros síntomas del trastorno suelen evidenciarse, además, en la falta de concentración, los olvidos, el desánimo, la depresión y los sentimientos de culpa.

De acuerdo con el modelo explicativo propuesto por Janoff-Bulman y Frieze (1983), la guerra pone en crisis el bagaje cognitivo del sujeto. Ese mundo pleno de significaciones, predecible y —por lo general— carente de peligro, se ve cuestionado por el evento traumático.

La imposibilidad de incluirlo en el marco conceptual previo se traduce en un conflicto expresado como síntoma. La situación se torna incontrolable para el individuo y queda a merced de ella. Esto indica que una pista firme para el diseño de una estrategia efectiva de prevención y asistencia consiste en proveer las herramientas que restituyan el control al afectado permitiéndole reencuadrar el trauma.

Si bien la ansiedad de combate encuentra campo fértil en psicopatologías latentes previas que no fueron detectadas en el proceso de selección, la mayoría de los casos son el resultado de un trauma sufrido en el campo de batalla. Cuadros disociativos, parálisis conversivas, ansiedad fóbica intensa, constituyen —entre otras— las respuestas sintomáticas.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Ya en la I Guerra Mundial, los especialistas observaron con frecuencia que el shell-shock se presentaba de modo diverso según la función desempeñada (Jonson et al, 1923). Mientras que entre los oficiales solía exteriorizarse como desórdenes de ansiedad, en los soldados adoptaba la forma de reacciones histéricas.

Durante mucho tiempo, estos comportamientos fueron juzgados como carencia de temple, falta de coraje y cobardía, incluso después de haber sido descriptos clínicamente. En suma, la explicación del fenómeno atribuía al paciente una voluntad rebelde consciente o un vicio en su fortaleza moral. Pero la identificación de los síntomas con una alteración de la salud permitió sustraer paulatinamente el tratamiento de la órbita disciplinaria para convertirlo en objeto del dominio científico.

Las primeras descripciones del shell-shock fueron coincidentes, pero las interpretaciones propuestas discrepaban. Algunos médicos adjudicaban los síntomas a una suerte de locura debida a una herida en el cerebro ocasionada por el estruendo propio de la batalla.

Otros, desde la psiquiatría, atribuyeron la enfermedad a una tendencia degenerativa latente en el paciente disparada a raíz del clima y el entorno vividos en el campo de batalla. Sin embargo, dado que no existía un sustento empírico que fundamentara una etiología fisiológica del mal, se abrió un espacio para el abordaje psicológico.

Conductistas y psicoanalistas —las teorías antagónicas con mayor predicamento en la época— pusieron manos a la obra. Los primeros recurrieron a choques eléctricos, gritos, aislamiento y otras técnicas con el fin de reeducar al paciente. Los procedimientos terapéuticos imponían una severa exigencia al enfermo, quien debía acceder a entregarse al profesional, confiar en él y sostener el tratamiento hasta alcanzar la cura.

Los freudianos, por su parte, intentaron que el enfermo lograra sacar a la luz el conflicto inconsciente detonado por la situación traumática (el combate, la herida de guerra, la muerte de camaradas, la comisión de atrocidades) a través de métodos catárticos como, por ejemplo, la hipnosis o el uso del pentotal. A diferencia de la práctica psicoanalítica tradicional, estos tratamientos eran más breves que los habituales y fuertemente focalizados sobre la experiencia disparadora reciente.

Mediante un reduccionismo extremo, algunos líderes militares aprovecharon el planteo psicoanalítico para imputar la ansiedad de combate a un trauma originario del paciente despertado —pero no generado— por la guerra. La interpretación no parece exenta de malicia, y sí muy conveniente a la hora de desembarazarse de problemas y responsabilidades.

Durante la Segunda Guerra, muchos combatientes fueron tratados mediante curas de sueño inducidas por el suministro de barbitúricos. Aunque la terapéutica era ineficaz, al menos no resultaba agresiva.

DISPARADORES DEL TRASTORNO

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, el estrés constituye “el conjunto de reacciones fisiológicas que preparan al organismo para la acción”. Definido así, puede afirmarse que este concepto describe la respuesta normal del sujeto en el campo de batalla. La ansiedad de combate, en cambio, se corresponde con un nivel de estrés que excede ampliamente los límites habituales de ese estado de aprestamiento.

El trastorno puede producirse luego de un instante o de un largo proceso de exposición a una experiencia traumática. Su origen se vincula con el conflicto básico que se desarrolla en el soldado entre la preservación de la vida (propia o ajena) y el horror a la muerte (del sujeto, su compañero o su contrincante).

En tanto que el deseo de vivir lo mueve a alejarse del peligro, los valores morales, religiosos y culturales, así como sus deberes para con los camaradas y la patria lo convocan a la batalla. La ansiedad de combate no refiere a la objeción de conciencia que pone en crisis a un individuo en condiciones de discernir. Se trata de algo más raigal relacionado con el violentar tanto la inclinación hacia la preservación personal como la renuencia a matar a otros. La situación de guerra impone un importante costo emocional y físico que no todos los soldados están en condiciones de afrontar.

El estudio del comportamiento de los hombres en la acción militar provee datos en extremo relevantes para la comprensión, la prevención y el tratamiento de la ansiedad de combate. A continuación, se reseñan algunos de ellos sintéticamente (Grossman, 1999).

♣ La mayoría de los soldados eluden disparar a matar. Cuando la situación los obliga, algunos buscan errar al objetivo. Un combatiente puede estar fuertemente motivado para luchar y ganar, sin que por esa razón desee matar.

♣ La distancia emocional entre el combatiente y su blanco condiciona el desempeño. El contacto visual, la cercanía física, la similitud étnica, la pertenencia a un mismo grupo social o credo religioso, u otros elementos similares alientan la identificación del soldado con su contendiente y dificultan apuntar a matar. Cuanto más patente se hacen aquellos rasgos en que el atacante reconoce en el otro su propia humanidad, más difícil se torna acabar con su vida. Por el contrario, todo lo que subraya las diferencias deshumaniza la imagen del contrincante, estimula sentimientos negativos hacia él (odio, rencor, deseo de venganza) y favorece la acción para su eliminación física. Así se explica, en buena medida, por qué quienes se desempeñan en tareas que lo alejan de una situación “cara a cara” con el enemigo (por ejemplo, en la artillería antiaérea) están menos expuestos a la ansiedad de combate.

♣ Existe una preferencia por la amenaza de violencia antes que por la realización efectiva de la acción letal. Con el fin de evadir el enfrentamiento a muerte, los combatientes se inclinan con frecuencia por las tácticas disuasivas, los gestos que amedrentan o las demostraciones intimidatorias pues éstos constituyen recursos emocionalmente más económicos.

Como mencionara E. E. Gómez “No hay duda, salvo un sicópata, que el hombre ama la paz, se integra, pero en el combate, ante la exigencia primaria de “mato o me matan” se incorpora al nuevo hecho social, transformándose en combatiente de significación y aún a veces deseando el combate.

Desde el punto de vista fisiológico, la función cerebral por la cual se procesan todos los hechos relevantes para la comprensión de una situación dada se desarrolla al nivel del neocórtex. En la memoria activa se balancea la importancia relativa de esos datos permitiendo al sujeto devolver una respuesta a la circunstancia que atraviesa.

Esa respuesta puede ser, o bien, más o menos equilibrada, o bien, marcadamente desbalanceada hacia lo racional o lo emocional. Este mecanismo, que comienza a desarrollarse en la infancia temprana y se va perfeccionando o deteriorando a lo largo de la vida, conduce en el caso de algunos individuos a desplegar una timidez excesiva o estados de ausencia que señalan la imposibilidad de realizar adecuadamente esta operación.

La fatiga física y la irregularidad de los períodos de descanso y actividad contribuyen para que el estado de estrés del combatiente pueda resolverse en fatiga de batalla. Las últimas grandes guerras (como, por ejemplo, la del Golfo o Irak), muestran que alrededor del 25% de los casos se presenta durante los primeros 30 días de combate. Transcurrido ese tiempo, algunos sujetos desarrollan el “Síndrome de los Viejos Sargentos” (“Old Sergeants Syndrome”) descripto por Chermol (1983), cuyos síntomas característicos son, entre otros, la apatía, la falta de apego a la vida y al equipo, la ausencia de iniciativa, los vómitos, la diarrea, la depresión y el rechazo al contacto social.

Existe una relación bastante estrecha entre la índole de la tarea a desempeñar por el individuo y la posibilidad de aparición del trastorno. El número de víctimas de la fatiga de combate se incrementa con la peligrosidad de la misión. Por ejemplo, las fuerzas blindadas durante la II Guerra Mundial registraron los más altos índices de casos. Estos grupos suelen estar asignados para llevar adelante trabajos muy riesgosos y prolongados.

Aislados en un entorno de ruidos y confinamiento que favorece cierta pérdida de la noción del tiempo, conviven constantemente con una gran probabilidad de morir por incineración.

Si bien el cansancio y el estrés a los que están expuestos los miembros de las fuerzas armadas no necesariamente desembocan en ansiedad de combate, estos factores favorecen su aparición . Los avances en las tecnologías empleadas para la guerra permiten sostener ininterrumpidamente la situación de batalla durante períodos muy prolongados. Los enfrentamientos bélicos de fines del siglo XX y comienzos del XXI muestran que las acciones pueden continuar día y noche con independencia suficiente de los factores climáticos y de los condicionamientos del terreno. En consecuencia, resulta esperable un incremento del número de víctimas provocado por el trastorno bajo estudio.

El entrenamiento clásico impartido a quienes participaron en la I Guerra Mundial se hallaba impregnado de una fuerte inspiración en las formas burocráticas de organización del trabajo. Puede pensarse, entonces, que una parte significativa de los combatientes que desarrollaron shell-shock se sintieran a sí mismos como una suerte de engranaje que, alienado de voluntad, debía poner su acción y, esencialmente, su vida al servicio de una máquina (la organización militar) regida por una lógica propia. Además de obligar a una reflexión sobre las responsabilidades militares involucradas en estos padecimientos, las experiencias de aquel enfrentamiento motivaron una profunda revisión de las ideas dominantes sobre la salud mental.

Por ello, en ambientes de combate similares, ante dos combatientes, no es el miedo y su intensidad lo que hace la diferencia entre el valiente y el cobarde sino la capacidad de superación.

A qué se le teme primero:
– A la muerte.
– A la disfunción física.

Pero previo a su primer combate el miedo es superado por otros factores:
– Temor a no poder resistir los riesgos del combate.
– Temor a no poder igualar a sus camaradas.
– Temor a no poder cumplir con sus responsabilidades.
– Temor a quedarse paralizado o a huir.

“Miedo, como se dijo antes, tienen todos, desde el Comandante o Jefe sobre su propio temor y el de ejercer el mando ya que él es responsable de lo que hacen sus hombres y en otro extremo a veces un soldado valiente se paraliza al tener que tomar el mando del Suboficial que murió.” (E.E. Gómez, 1997).

Bibliografía

♣Sargant, William E. (1997) Battle for the mind. A physiology of conversion and brain-washing, Cambridge: Malor Books.
♣Janoff-Bulman, Ronnie. y FRIEZE, Irene H. (1983) A theoretical perspective for understanding reactions to victimization, Journal of Social Issues, 39, 1- 17.
♣Johnson, W. y Rows, R.G. (1923) Neurasthenia and war neuroses. En History of the Great War Medical Services: Diseases of the War, Vol. 2. Londres: HMSO.
♣Grossman, D. (1999) On Killing: The Psychological Cost of Learning to Kill in War and Society (9° ed.). Boston: Little, Brown and Co.
♣Gómez, Eduardo Ernesto Coronel (R) (Octubre-Diciembre 1997) “El Miedo y el Combate”, Revista de la Escuela Superior de Guerra, Ejército Argentino.
♣ Chermol, Brian (1983) Psychiatric casualties in combat, Military Review, 7, 26-32.

Comparte esta nota!